Denominación:
Fotografía de Miguel en su infancia junto a su familia
Descripción técnica:
Fotografía en blanco y negro, formato vertical con bordes dentados, tomada en exterior. En primer plano aparece Miguel Ríos de niño, sentado sobre un murete; detrás, su madre y sus cuatro hermanas posan tras una barandilla. La imagen refleja una escena familiar de los años 50.
Texto de contextualización:
En la fotografía vemos a Miguel Ríos siendo aún un niño, sentado en primer plano con gesto serio, mientras su madre y sus hermanas posan tras él. La imagen ofrece un retrato directo del entorno familiar y cotidiano en el que creció: sin artificios, sin lujos, pero lleno de vínculos fuertes.

Miguel pasó su infancia en el barrio de Cartuja, una zona en los márgenes de Granada, a espaldas de la fábrica de cervezas Alhambra. La vida allí estaba marcada por el trabajo y la convivencia entre familias numerosas. Su padre, ferroviario, falleció cuando él tenía apenas tres años, y su madre se hizo cargo de sacar adelante a siete hijos, siendo Miguel el menor de ellos. Creció rodeado de mujeres, en un entorno definido por la disciplina. La calle y la placeta del barrio eran extensiones naturales de la casa. La antigua carretera de Murcia pasaba por allí, casi vacía en aquellos años de escasez. Miguel y sus amigos la ocupaban para jugar con carritos fabricados con cojinetes y tablas de madera. Ese pequeño taller improvisado fue uno de los primeros espacios donde Miguel se familiarizó, sin saberlo, con el mundo de los sonidos, los metales y las boquillas de trompeta.
La memoria de esos años está también atravesada por olores y sonidos. El lúpulo y la cebada tostada de la fábrica Alhambra impregnaban el aire del barrio. En el portal de casa, con chapas recicladas y cromos pegados con engrudo, Miguel jugaba al fútbol de botones. Se hizo del Real Madrid por pura estrategia de juego, y desde entonces lo siguió con fidelidad. Con los años, acabaría conociendo a muchos de esos jugadores que primero fueron figuras de cromo: Di Stéfano, Puskas, Rial… algo impensable en aquellas largas tardes de verano, tumbado sobre el suelo fresco del portal.
Los inviernos eran otra cosa: fríos, oscuros y con pocas posibilidades de salir a la calle. Se refugiaban en casa, al calor del brasero. Mientras sus hermanas bordaban o cosían, él hacía los deberes escuchando radionovelas como Ama Rosa. Fue entonces cuando escuchó por primera vez el nombre de Rafael Trabucchelli, productor musical que, décadas más tarde, estaría vinculado a uno de sus mayores éxitos. Pero en aquel momento, la radio era solo una banda sonora doméstica.

El verano cambiaba por completo el ritmo del barrio. Con el calor y las vacaciones, la calle se convertía en el escenario principal: juegos, carreras, escondites y tardes que se alargaban hasta la noche. Era un momento de vida colectiva, más libre y más abierto que el encierro forzado del invierno.
Aún siendo un niño, ganó el concurso Cenicienta 1960 organizado por Radio Granada, lo que supuso su primera aparición pública. Aún no imaginaba lo que vendría después, pero ya se estaba formando una sensibilidad, una manera de mirar y de escuchar el mundo que acabaría marcando su trayectoria artística.
Autora: Elena Rodríguez






